Diabetes: El divertido origen de una palabra tan temida

Diabetes: El divertido origen de una palabra tan temida

24 octubre, 2018 4 Por Guillermo Agnese

Hay 422 millones de diabéticos en el mundo. Pero la inmensa mayoría ignora de dónde surge el nombre de la enfermedad y cómo atravesó los siglos la original idea del hombre-sifón con dulzura de miel en su orina. 

Las últimas estadísticas relevadas por la Organización Mundial de la Salud indican que hay en el planeta 422 millones de adultos enfermos de Diabetes. Y serán 592 millones en el año 2035 según las proyecciones del mismo organismo. Multitudes que oscilan entre la preocupación y la angustia al recibir el diagnóstico que, de mínima, obligará a un cambio en el estilo de vida y alimentación junto con la ingesta de medicamentos y /o la inyección de insulina. Diabetes, esa palabra tan temida y que sin embargo tiene raíces etimológicas divertidas. Conocer ese origen quizá ayude a reducir la carga dramática que suele invadir al principio a los afectados por el exceso de azúcar en sangre.



Como tantas otras, esta historia también empieza en el esplendor de la antigua Grecia, de ella proviene el termino diabḗtēs (διαβήτης) para nombrar a este mal que ya había sido antes conocido y documentado por escritos egipcios del siglo XV antes de Cristo, aunque sin resumir en un sustantivo los síntomas que, 36 centurias después son los mismos: sed, fatiga corporal y, sobre todo, un deseo irresistible de orinar. En casos extremos, hasta veinte veces por día. Todo sea por eliminar algo de la glucosa que sobra en sangre.
El vocablo griego puso la precisión que faltaba. Según el prestigioso diccionario etimológico de Joan Colominas, diabḗtēs significa literalmente “pasar a través, atravesar, cruzar”, y en un sentido más práctico alude al efecto “sifón”, es decir, el sistema de tubos con que los pueblos de la antigüedad extraían líquidos de vasijas ubicadas en alturas hacia recipientes colocados por debajo. Esa acepción de Sifón le calzó como metáfora a la enfermedad hasta entonces sin nombre. Se atribuye el copyright al célebre médico Areteo (siglo II después de Cristo), natural de Capadocia (actual Turquía) pero formado entre los sabios científicos griegos de Alejandría. “Orinan sin pausa. Su sed es incontrolable, pero la abundancia de lo que beben no es siquiera proporcional a sus muchas micciones”, describió en De causis et signis acutorum morborum.
Sifón-egipcio

Sifón-egipcio

La idea diabética del Hombre-Sifón viajó a través del tiempo, se afirmó en la Edad Media y para 1674 encontró pareja en otro término no menos sorprendente: “Mellitus”, derivado de “Mel”, es decir, miel, en latín. Ya lo había esbozado Avicena, filósofo y médico musulmán del siglo XI, en su célebre Canon de la Medicina: la orina de los diabéticos tiende a ser más dulce. Avicena, como Súsruta, el padre de la medicina hindú en el siglo III A.C, tenía el hábito profesional de hundir un dedo en el recipiente que contenía el pis de sus pacientes y luego llevarlo a su boca. Pero el que instaló la sociedad lingüística, perfecta e irrevocable, entre “Diabetes” y “Mellitus” fue el galeno inglés Thomas Willis que en ese 1674 seguía sin hacerle asco, como sus antecesores, a la comprobación empírica de que si la orina era dulce, el paciente era diabético. De allí en más, la “diabetes mellitus” designó – y designa- a la forma más tradicional y dañina de la enfermedad: la que deriva de la dificultad para procesar el azúcar en contraste con la “diabetes insípida”, patología por la cual el cuerpo no es capaz de absorber el líquido ingerido cada día. Un mal atendible, por cierto, pero que jamás habría estimulado la exaltada inspiración de Willis para escribir en sus tratados que la materia de su estudio era “maravillosamente dulce, como si estuviera aderezada de miel o azúcar“.

 

Para alivio de sus discípulos, en el siglo siguiente (1747) el farmacéutico alemán Andreas Marggraf, aisló un azúcar a partir de pasas de uva; y otro siglo después (1838), el químico francés Jean Baptiste Andre Dumas le dio a la sustancia aislada el nombre de “glucosa”, que se deriva del griego “glycos“, es decir, Dulce. Y ya no hizo falta más que un pinchazo y un análisis de sangre para diagnosticar.

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